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Paganos y creyentes

De niños nos enseñaron que teníamos un Dios, que ese Dios era amor, que era un padre que nos había creado a su imagen y semejanza, y que éramos su creación especial.

Que si nos comportábamos, con el tiempo nos recompensaría dándonos vida eterna, pero que aún cuando no lo hiciéramos, esperaría nuestro arrepentimiento y nos perdonaría.

También nos enseñaron que ese era el modo correcto de pensar, y que todos aquellos que no creyeran en ello serían paganos, gente inferior, básica, salvaje, que debía ser convertida a la fe.

Nos enseñaron que considerar dioses a la tierra, el trueno, el sol, la lluvia, era justamente un ejemplo de estas creencias paganas de personas inferiores, a quienes se le debía mostrar el camino de la fe, para iluminarlos.

Hoy, que sé que no hay un dios padre que nos haya creado a ninguna imagen y semejanza, que no tenemos ni hacemos nada tan especial como para ser premiados con la vida eterna, incluso todo lo contrario, veo cuán faltos de cordura han sido en enseñarnos a creer en ese invento llamado dios, que no existe, que no nos creó, que no nos espera, ni perdona, ni jamás nos premiará por absolutamente nada, y cuán sensatos han sido esas personas que han dedicado su existencia a adorar a la tierra, al sol, al aire, a la naturaleza.

Cuán prudentes han sido en temer ofenderlos, en temer dañarlos, y cuán disparatados hemos sido en creer que nosotros, los peores habitantes que han pisado el planeta, nos creamos tan especiales como para creer que luego de destruir al planeta y a nosotros mismos merezcamos vivir para siempre, en un estado espiritual ubicado precisamente en ningun lugar posible.

Un amigo, cuyo padre falleció hace pocos años, me preguntó si entonces yo creo que cuando morimos, ese es el fin. Yo creo que sí. Somos mamíferos, tal como nada pasa con los otros mamíferos luego que mueren, tampoco con nosotros ocurre. Ni la reencarnación. Nada.

Tenemos una vida que vivir. ¿Por qué habríamos de merecer otra?

Mis hijos están dentro del sistema, van a una escuela donde les enseñan sobre la vida y obra de Jesús y los santos. Jesús fue un crac, el mayor guía espiritual de la historia de la humanidad que se expresó del mejor modo posible para esa época. Punto.

Pero nada de esto les voy a decir a los niños hasta que no tengan formadas sus propias ideas.

Porque vivimos en una sociedad que no ha despertado aún, y es menester que continuemos con la mananda, no llamemos la atención, circulemos de un modo funcional al sistema.

Dentro de nuestros hogares podemos despojarnos de la carga arbitraria de la sociedad y en notas como estas intentar despertar con un levísimo sonido. Amén.

Tiempo de éticas indoloras y egotropismos.

El momento que nos ha tocado protagonizar ha sido denominado por muchos Posmodernidad. Es un momento que aún no ha adquirido otro nombre que el de la oposición con el momento que le precedió, la Modernidad. Algunos consideran que la Posmodernidad es la ventana de tiempo hacia un nuevo orden que aún no ha llegado, de este modo intentando explicar las inconsistencias que vivimos actualmente.

La Posmodernidad ha sido caracterizada como un período en el que todo vale, todo es posible, todo es relativo y no existe un modo único e irrefutable de interpretar el mundo. Es una era collage, pastiche [Pastiche es la copia histérica del estilo ajeno. JAMESON Fredric, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Barcelona, Paidós, 1991.], en donde la subjetividad no es una expresión más que en relación a la imagen que el individuo desea proyectar.

Soy  lo que soy porque otros me consideran como tal”, sentencia Zygmunt Bauman [Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2007], indicando que la imagen que proyectamos determina nuestra identidad. Hasta hace poco, solíamos cantar junto a Sandra Mihanovich que “yo soy lo que soy”, pero lamentablemente los tiempos han cambiado, sólo somos lo que los otros dicen que somos.

Michel Maffesoli sostiene que la Modernidad no ha terminado, sino que se ha saturado, tal como una sustancia química, lo cual obliga a una recomposición. Para el sociólogo, el equilibrio debe lograrse a través de la cenestesia social, una sociología espontánea, mediante el aprendizaje y el ajuste. Sostiene que se han saturado valores modernos como el trabajo, la fe en el futuro, la imaginación, el tiempo presente [La Nación, 31 de octubre de 2005. Entrevista realizada por Luisa Corradini.]

Estamos sin dudas en un momento de crisis en varios órdenes, por lo cual la ética se encuentra repentinamente sin respuestas para los sucesos que se dan en la vida cotidiana.

Dentro de las organizaciones hay una corriente muy fuerte en torno a la valorización de los recursos humanos, desde un discurso que los considera claves para el rendimiento corporativo. Las empresas buscan la lealtad de sus empleados, no buscan obligarlos a trabajar, a hacer, sino motivarlos a que lo hagan. Apuntan a movilizar a los empleados hacia la consecución de logros corporativos en nombre de la autonomía y realización personal de los individuos.

Esa movilización, esa gestión de las voluntades individuales de los empleados no está impulsada por un proceso de construcción de una voluntad fuerte y templada hacia objetivos superiores, sino que “su objetivo esencial ha llegado a ser la producción de un individuo útil al mundo, maximizador de sus potencialidades, adaptado a la conquista racional del porvenir” [LIPOVETSKY, Gilles, “El crepúsculo del deber”, Anagrama, Barcelona, 1994 ,p. 125.]

La sociedad posmoralista busca crear individuos ideológicamente disciplinados, programados para que a través del autocontrol sirvan a los fines utilitarios de las organizaciones. Dentro de las organizaciones se persigue la adquisición de capacidades polivalentes por parte de los individuos, que les permitan adaptarse voluntaria e individualmente en el contexto complejo e incierto de las empresas.

Promover la autorregulación en un individuo que dirige libremente su voluntad hacia los fines organizativos es uno de los fines principales de las empresas.

Los valores de autonomía individualista, el hedonismo del consumo de masas y, más recientemente, la competencia económica y las nuevas exigencias de la organización del trabajo, han actuado conjuntamente para crear una cultura en la que el logro individual está en todas partes y los deberes hacia uno mismo en ninguna” [LIPOVETSKY, op.cit., p.127.]

Considero que la lógica del mercado ha usurpado todas las esferas del ser humano, hasta la de su propia moral individual. El mercado no obliga a consumir, no obliga a pertenecer, pero excluye a quien opte por alejarse de él. Hace rehenes a los individuos, los reduce a consumidores de mercancías, los convierte en marionetas de los fines corporativos, les promete felicidad, bienestar, belleza y eternidad en spots publicitarios persuasivos, les proporciona una nueva medida para vincularse con sus pares: las cosas. Los bienes y servicios que se comercializan son muchas veces el único vínculo que hay entre las personas. Incluso esos bienes y servicios son las personas mismas.

Por otro lado, hay un auge de la ética en los negocios. De modo creciente, los inversores consideran las conductas corporativas éticas de las organizaciones donde habrán de invertir para proyectar sus utilidades a futuro (llamadas inversiones éticas o socialmente responsables). Hay organizaciones que intentan certificar la ética en los negocios o hacen rankings de las empresas más éticas, todo con el objetivo de adquirir mayor credibilidad en el mercado, en la opinión pública para que establezcan con ellas relaciones comerciales más duraderas, y lograr más transparencia con sus inversionistas para asegurar su financiación.

Lo que deseo puntualizar con esto último es que la ética de la que se habla en la actualidad no es una ética en sí misma, sino una ética supeditada a la lógica del mercado, una ética condicionada, como dice Lipovetsky [op. cit], una ética indolora.

La ética indolora consiste en la formulación subjetiva de reglas morales sin rigor universal en función de la maximización del ego. El egotropismo contemporáneo sesga la ética  desde los deberes hacia con uno mismo y los demás hacia los derechos subjetivos.

La higiene no está fundada en valores de sobriedad, el respeto hacia el cuerpo, el orden, la salud, sino en un egobuilding direccionado por estándares narcisistas inalcanzables de belleza, sensualidad  y juventud.

El trabajo ya no es un fin en sí mismo, ya no funciona como valor moralizador y dignificante. Preferir el ocio por encima al trabajo no es considerado un acto indigno, no es condenado socialmente, aunque paralelamente la sociedad premia a los individuos más productivos y con más logros alcanzados.

En estos tiempos no está muy claro qué es digno y qué no lo es. Esta incertidumbre encaja perfectamente en la lógica posmodernista de la deconstrucción, la incertidumbre, el debate, la subjetividad, la inestabilidad.

Para reflexionar, rescato parte del fallo del Primer Tribunal de Ética a la Minería de Frontera en Latinoamérica (pertenenciente OLCA; Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales), desarrollado el 30 de septiembre pasado en Chile:

Se recomienda fortalecer la autoestima comunitaria, cuidando y manteniendo los valores ancestrales de asociatividad, autonomía y autarquía, de modo que los discursos de progreso, empleo y desarrollo que hablan las empresas no tengan cabida en las comunidades.

Más que nunca debemos reforzar nuestra moral individual. La ética indolora nos seduce por su conveniencia, el egotropismo se convierte en una dimensión adictiva. Sin embargo, ambos no proceden hacia nuestro bienestar, no nos hacen crecer como personas, nos alejan de la dignidad humana, poniéndonos al servicio de otros intereses.

Como dijo Mahatma Gandhi, “No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias”.

Nuestro deber moral es ser una gota fresca en el océano de humanidad.

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